23/10/2022
Domingo Faustino Sarmiento, una figura monumental en la historia argentina, es mucho más que el “Padre del aula” que todos conocemos. Su vida fue un torbellino de contradicciones, pasiones y un incansable afán por transformar su patria. Desde sus orígenes humildes hasta la presidencia, Sarmiento dejó una huella imborrable no solo en la educación, sino en la política, la literatura y la misma concepción de la Argentina moderna. Este artículo se adentra en las múltiples facetas de este prócer, explorando su impacto en la infancia y la educación, las vicisitudes de su salud, la intensidad de su carácter y la conmovedora historia de su hijo adoptivo, Dominguito, quien se convirtió en un símbolo de sus ideales.

El Maestro de la Patria y su Legado Educativo
La presidencia de Domingo Faustino Sarmiento, que se extendió por cinco años, marcó un antes y un después en la historia educativa de Argentina. Su visión era clara y ambiciosa: modernizar el país a través del conocimiento. Con una convicción inquebrantable, Sarmiento se propuso erradicar la ignorancia y sentar las bases de una sociedad más justa y democrática.
Durante su mandato, impulsó una serie de reformas revolucionarias. Fundó numerosas escuelas a lo largo y ancho del territorio, expandiendo el acceso a la educación como nunca antes. Pero quizás su medida más trascendental fue la de establecer la educación primaria como gratuita y obligatoria para todos los niños. Esta decisión no solo democratizó el saber, sino que también sentó las bases para la formación de ciudadanos críticos y participativos. Su lema era que «educar a los hombres» era la inversión más importante para la vida de una nación, una máxima que guió cada una de sus acciones en este ámbito.
Además, Sarmiento llevó a cabo una medida audaz y necesaria para su tiempo: la separación de la educación estatal de la eclesiástica. Esta laicización de la enseñanza buscaba garantizar una educación imparcial y accesible para todos, sin distinciones religiosas, sentando un precedente fundamental para la construcción de un estado moderno y secular. Su propio camino, marcado por la autodidaxia y una insaciable sed de conocimiento desde su infancia en un hogar muy pobre, lo convirtió en un ferviente defensor de la educación como motor de progreso social e individual.
Sarmiento no solo fue un político; fue, ante todo, un maestro. Su vocación por la enseñanza se manifestó desde temprana edad, cuando a los cuatro años ya aprendía a leer con su padre y su tío. Aunque una experiencia traumática a los doce años, al no obtener una beca para el Colegio de Ciencias Morales de Buenos Aires, lo condenó a formarse como autodidacta, esta circunstancia paradójicamente forjó su carácter y profundizó su convicción sobre la importancia de la autoformación y el estudio constante. Para Sarmiento, la lectura no era solo un medio de adquirir información, sino un paradigma pedagógico, un arma poderosa contra la barbarie y la condición esencial para la emancipación intelectual. Su obra y su vida son testimonio de su creencia inquebrantable en el poder transformador del saber.
Las Ideas no se Degüellan: Un Grito de Libertad
La historia de Domingo Faustino Sarmiento está salpicada de momentos icónicos, y uno de los más célebres es, sin duda, la inmortalización de una frase que se convertiría en un símbolo de resistencia intelectual. Fue un 18 de noviembre de 1840, en un momento de profundo exilio y adversidad, cuando Sarmiento dejó grabada en una roca, al pasar por los baños de Zonda camino a su destierro en Chile, la poderosa sentencia: «On ne tue point les idées». Esta cita, tomada de uno de los muchos autores franceses que había devorado en sus lecturas, se traduce al español como «Las ideas no se degüellan» o, más comúnmente, «Las ideas no se matan».
Este acto no fue solo una expresión de desafío personal, sino una declaración de principios que resonaría a lo largo de su vida y obra. En un contexto de persecución política y exilio, la frase encapsulaba la creencia inquebrantable de Sarmiento en la inmortalidad del pensamiento y la futilidad de intentar sofocar la libertad intelectual a través de la violencia o la represión. Para él, las ideas eran fuerzas vivas, capaces de trascender fronteras y de perdurar más allá de la vida de sus creadores, una verdad que ni el destierro ni la adversidad podían acallar. Esta convicción alimentó su incansable labor periodística y literaria, convirtiéndolo en un faro de la libertad de pensamiento en una época convulsa.
La Compleja Personalidad de un Prócer
Domingo Faustino Sarmiento fue, sin lugar a dudas, uno de los próceres más polémicos y multifacéticos de la historia argentina. Venerado por muchos y vehementemente criticado por otros, su personalidad era un crisol de contradicciones que lo hacían tan brillante como irascible. Fue escritor, periodista, político, senador, militar y presidente de la Nación, pero la característica más saliente, y la que él mismo abrazó con mayor convicción, fue la de ser un maestro.
Su perfil psicológico, según análisis históricos, revela una dualidad fascinante. Por un lado, era un hombre arrogante, ególatra, egocéntrico, orgulloso, de humor cínico, con una autoestima muy alta, impulsivo, autorreferencial, vanidoso, susceptible, paranoico, agresivo y, en ocasiones, violento. Estas características, a menudo alimentadas por su propia percepción de superioridad intelectual, le valieron el apodo de “el Loco” por parte de sus enemigos, un rasgo de ira que, con el paso del tiempo y la aparición de la sordera, se hizo aún más notorio en sus interacciones personales y públicas. Las discusiones y polémicas con Sarmiento a menudo terminaban en insultos o agresiones, como lo atestiguan numerosas anécdotas de la época. Se cuenta que, siendo presidente, visitó un hospital psiquiátrico y uno de los internados lo recibió diciendo: “¡Bienvenido! Yo sabía que el Loco Sarmiento iba a terminar entre nosotros.”
Sin embargo, esta faceta ruda convivía con una inteligencia deslumbrante, una franqueza absoluta, una sinceridad brutal, un espíritu autodidacta y estudioso, y una capacidad de trabajo inigualable. Era sensible, emotivo, poseía una memoria prodigiosa y un innegable amor por la Patria. Podía realizar múltiples tareas al mismo tiempo, mostrando una impulsividad y una conducta proactiva que eran marcas distintivas de su carácter.
El comportamiento de Sarmiento se ajusta a lo que los doctores Ray Rosenman y Meyer Friedman describieron como una personalidad tipo A. Este estilo conductual, caracterizado por una fuerte inclinación a la competitividad y un esfuerzo sostenido hacia el logro de objetivos, se manifestaba plenamente en él. Sarmiento mostraba un alto compromiso con el trabajo, una tendencia a la rapidez, prisa e impaciencia, y una notoria inclinación a la conducta hostil. Mantenía un constante y elevado nivel de alerta física y mental, se comprometía en múltiples actividades simultáneamente, y exhibía una baja sensibilidad a los síntomas físicos, junto con una alta resistencia al cansancio mental y físico. Su tendencia a visualizar en el entorno un alto nivel de amenazas y a reaccionar intensamente ante desafíos y demandas, sumado a una noción de invulnerabilidad y una necesidad imperiosa de tener todo bajo control, son rasgos que definen claramente su arrolladora figura.
Batallas Internas: La Salud de Sarmiento
Más allá de las batallas políticas y las luchas por la educación, Sarmiento libró también importantes combates internos contra las afecciones de su propio cuerpo. A lo largo de su vida, enfrentó diversas enfermedades que, aunque no mermaron su espíritu incansable, sí dejaron una marca en su existencia.
Uno de los primeros episodios graves de salud que Sarmiento padeció fue la fiebre tifoidea, alrededor de 1840, mientras trabajaba en una mina de plata en Copiapó, en la zona de Atacama, Chile. Las condiciones de vida eran insalubres y la dieta pobre. Comenzó a sentir decaimiento, pérdida de fuerza y apetito, dolor de cabeza y fiebre que llegó a los 39-40º C, postrándolo en cama. La gravedad de la enfermedad llevó a su familia a interceder para que el gobernador de San Juan, Nazario Benavídez, autorizara su repatriación, lo que finalmente ocurrió. Paradójicamente, esta enfermedad y su posterior exilio forzado a Chile serían el contexto en el que inmortalizaría su famosa frase “Las ideas no se matan”.
Avanzando en el tiempo, hacia 1850, a la edad de treinta y nueve años, Sarmiento comenzó a notar una pérdida progresiva de la audición, conocida como hipoacusia. Esta sordera fue en lento pero implacable aumento, hasta el punto de que, al asumir la presidencia de la Nación a los cincuenta y ocho años, ya era muy sordo. Para entonces, utilizaba una “corneta” que colocaba en su oído para amplificar los sonidos. Esta condición, lejos de amedrentarlo, se convirtió en parte de su imponente personalidad. Una anécdota bien documentada ilustra su actitud: cuando los parlamentarios se preocuparon por cómo se comunicarían con él al asumir como senador por San Juan en 1875, Sarmiento, con su característico temple, afirmó: “No se preocupen porque no vengo a escucharlos, sino a que me escuchen a mí.”
Hacia 1876, a sus sesenta y cinco años, y con doce años de vida por delante, Sarmiento era un hombre físicamente saludable en términos generales, a pesar de su sordera, la necesidad de anteojos para leer (signo de miopía), su calvicie, su autoproclamada “fealdad”, cierto exceso de peso y una mala dentadura. Sin embargo, en ese año, se le hincharon las piernas, un síntoma que la evolución de su historia clínica sugiere como el comienzo de una insuficiencia cardíaca congestiva, probablemente causada por una enfermedad coronaria.
Sarmiento fue siempre susceptible a complicaciones respiratorias, que consideraba su “punto débil”. Además, era fumador, lo que hace probable la presencia de una Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica (EPOC). Hacia julio de 1887, un grave cuadro pulmonar lo afectó fuertemente, y por sugerencia médica, embarcó hacia Asunción del Paraguay en busca de un clima más templado. A pesar de su deteriorado estado, no dejó de trabajar, estudiar y producir, incluso planeando la construcción de una casa isotérmica prefabricada, un reflejo de su mente siempre innovadora.
Su estado clínico empeoró progresivamente: falta de aire al caminar, tos, palpitaciones, tobillos y piernas hinchadas por edema cardíaco y cansancio fácil. Consciente de su fin, al despedirse de Buenos Aires en mayo de 1887 para su último viaje a Paraguay, le dijo a su nieto: “No paso de este año… hijo, me voy a morir…” y añadió, con su humor cínico, “¡Ah! Si me hicieran Presidente! ¡Les daría el chasco de vivir diez años más!”. Al alejarse del puerto, se le escuchó decir “Morituri te salutant” (los que van a morir te saludan), el saludo de los gladiadores romanos antes del combate final. Sarmiento, en una condición clínica ya muy deteriorada, emprendía el viaje del cual ya no regresaría.
El final llegó en Asunción. El 4 de septiembre, tras la alegría de ver brotar agua del pozo en el terreno de su casa isotérmica y excederse en actividad física, su cuadro cardíaco se descompensó. Pasó una noche muy mala, con fatiga y falta de aire. A la mañana siguiente, sufrió un síncope, aunque se recuperó transitoriamente. El 10 de septiembre, su estado era terminal. El Dr. Andreuzzi lo describió: “Igual que ayer: resiste gracias a su espíritu”. Agitado por la falta de aire, Sarmiento descansaba en su sillón de lectura. Leía. Sabía que iba a morir y eligió un libro para acompañarlo en sus últimos minutos: Filosofía sintética, de Herbert Spencer, un filósofo autodidacta y agnóstico, como él. No quiso asistencia religiosa, prefiriendo la compañía de las ideas.

A las 2:15 horas de la madrugada del 11 de septiembre de 1888, Domingo Faustino Sarmiento dejó de existir. Sus últimas palabras, “Siento que el frío del bronce me invade los pies”, describen con precisión médica la frialdad de los miembros debido a la baja circulación sanguínea. Su cuerpo fue embalsamado y, por su voluntad, trasladado cubierto por las banderas de Argentina, Chile, Uruguay y Paraguay, simbolizando su visión panamericana. Al llegar a Buenos Aires, el 21 de septiembre (fecha que se convertiría en el Día del Estudiante en su honor), todos los diarios, en un homenaje sin precedentes, unificaron sus títulos como “La Prensa Argentina”, un único título para un hombre único. En su testamento, de puño y letra, Sarmiento resumió su vida: “Nacido en la pobreza, criado en la lucha por la existencia… he sido favorecido con la estimación de muchos grandes hombres de la tierra, he escrito algo bueno… y sin fortuna, que nunca codicié… espero una buena muerte corporal… no deseo mejor que dejar por herencia millares en mejores condiciones intelectuales, tranquilizado nuestro país, aseguradas las instituciones y surcado de vías férreas el territorio… para que todos gocen del festín de la vida, del que yo gocé sólo a hurtadillas”.
Dominguito: El Hijo, el Ciudadano y el Símbolo
La vida de Domingo Faustino Sarmiento estuvo marcada no solo por sus logros públicos, sino también por las profundas conexiones personales, entre ellas, la que tuvo con su hijo adoptivo, Domingo Fidel Sarmiento, cariñosamente conocido como Dominguito. Aunque la crítica aún debate si Dominguito fue su hijo biológico (fruto de su relación con Benita Martínez de Pastoriza) o si fue simplemente adoptado tras el fallecimiento del padre biológico, lo cierto es que Sarmiento lo reconoció y le dio su apellido, forjando un lazo paterno-filial que trascendería la sangre.
Dominguito nació en Santiago de Chile en 1845 y, lamentablemente, murió joven, a los veinte años, en la cruenta Guerra del Paraguay, en la batalla de Curupaytí en 1866. Su muerte fue un golpe devastador para Sarmiento, quien se encontraba en Estados Unidos en ese momento. Este dolor profundo lo llevó a escribir La vida de Dominguito (1886), una biografía que, en realidad, tuvo dos versiones. La primera, escrita en 1867, era un conjunto de apuntes íntimos y personales, un instrumento del duelo. La segunda, publicada en 1886, con un extenso título y en el vigésimo aniversario de la muerte de Dominguito, tuvo un carácter público y patriótico, buscando establecer un legado y un modelo de ciudadanía para la Argentina moderna.
En La vida de Dominguito, Sarmiento no solo narró la vida de su hijo, sino que también sentó las bases de su propia pedagogía y su visión sobre la formación del ciudadano ideal. Para Sarmiento, la educación de Dominguito no se limitó a las aulas formales, que a menudo criticaba por ser “vulgares” u “ordinarias”. Más bien, fue una formación orientada por su influencia directa: a los tres años, el propio Sarmiento le enseñó a leer y escribir, un momento que se convirtió en una escena iniciática de filiación. La primera firma de Dominguito, “Sarmiento”, estampada en un librito, simbolizaba el traspaso de un legado intelectual y patriótico. Sarmiento veía en las travesuras y rebeldías de su hijo, no fracasos, sino confirmaciones de su liderazgo y audacia.
La obra de Sarmiento sobre Dominguito también revela las vías a través de las cuales él concebía el acceso a la ciudadanía en la Argentina en formación:
| Vía de Acceso a la Ciudadanía | Descripción y Percepción de Sarmiento |
|---|---|
| Sufragio (Voto) | Una “travesura infantil” de Dominguito a los 6 años, quien “votó” por iniciativa propia. Sarmiento la narra con humor, trivializando el acto de votar como una “pantomima” o “broma”. Revela una visión restrictiva de la ciudadanía en ese momento, donde el voto no era la vía principal de acceso a los derechos cívicos, sino una “ilusión generosa”. |
| Letras / Educación | La vía más crucial y decisiva. Dominguito aprende a leer y escribir con su padre a los 3 años. Su formación se da principalmente a través de la influencia paterna y el contacto con los círculos culturales y políticos de Sarmiento. Aunque sus estudios formales fueron intermitentes y a menudo frustrados (siendo expulsado de colegios), Sarmiento lo vio como una confirmación de su “genio” y liderazgo. La lectura, la escritura y la participación en tertulias y clubes literarios son la verdadera escuela del ciudadano. |
| Armas / Carrera Militar | La vía de acceso al poder y a la ciudadanía activa. Sarmiento le adjudica a las élites porteñas un rol providencial en la consolidación del Estado Nacional, y Dominguito, al enrolarse como Capitán en la Guerra del Paraguay, encarna este ideal. Su muerte en Curupaytí es presentada como una “buena muerte”, gloriosa y viril, un sacrificio necesario por la patria. Esta vía subraya la importancia del coraje en combate y la disposición al sacrificio como elementos fundamentales para la construcción de la nación. |
Sarmiento concebía la paternidad de Dominguito, no solo como un hecho biológico, sino como un acto de elección y compromiso. La adopción, para él, representaba la formación de una “nueva familia” basada en los “afectos” y la elección mutua, un reflejo de su ideal democrático de gobierno. A pesar de las distancias geográficas y los vaivenes de su relación, la identidad de Dominguito quedó indeleblemente marcada por la influencia y autoridad de su padre, quien se veía a sí mismo como el origen y fundador de un linaje patriótico e ilustrado.
La muerte de Dominguito en la guerra se convirtió en un símbolo del sacrificio de las élites por la consolidación nacional, un testimonio del ideal de Sarmiento de formar hombres virtuosos y patriotas. A través de la biografía de su hijo, Sarmiento no solo honró su memoria, sino que también construyó su propio legado, redefiniendo la paternidad como un acto político y patriótico que trascendía la sangre para abrazar un destino común para la Argentina futura.
Preguntas Frecuentes
¿Por qué es Sarmiento considerado el "Padre del aula"?
Sarmiento es considerado el "Padre del aula" debido a sus trascendentales reformas educativas durante su presidencia (1868-1874). Hizo de la educación primaria gratuita y obligatoria para todos los niños, fundó un gran número de escuelas normales (para la formación de maestros), trajo maestras de Estados Unidos para innovar en la pedagogía, y estableció la separación de la educación estatal de la eclesiástica. Su visión era que la educación era la base para el progreso y la modernización del país, transformando profundamente el sistema educativo argentino.
¿Cuál fue la importancia de la educación para Sarmiento?
Para Sarmiento, la educación era el pilar fundamental sobre el cual se construía una nación civilizada y democrática. Creía firmemente que la ignorancia era la raíz de la "barbarie" y que solo a través del conocimiento se podía lograr el progreso social, económico y político. La educación era para él una herramienta de emancipación intelectual, un medio para formar ciudadanos críticos, capaces de participar activamente en la vida pública y de construir un futuro mejor para la patria. Su famosa frase "educar a los hombres" resume su profunda convicción en el poder transformador de la enseñanza.
¿Qué relación tuvo Sarmiento con la Guerra del Paraguay?
Sarmiento fue un activo defensor de la causa de la Triple Alianza en la Guerra del Paraguay (1864-1870). Publicó folletos y artículos defendiendo la posición aliada y caracterizando al Mariscal Francisco Solano López como un dictador. Aunque la guerra fue polémica, Sarmiento la consideró necesaria para la consolidación del Estado Nacional argentino y para combatir lo que él veía como la barbarie. Durante su presidencia, la guerra llegó a su fin, y él la utilizó como un símbolo de la unificación nacional. La muerte de su hijo adoptivo, Dominguito, en este conflicto, se convirtió para él en un ejemplo heroico de sacrificio patriótico.
¿Cómo influyó la sordera en la vida pública de Sarmiento?
Sarmiento comenzó a padecer de sordera progresiva a partir de los 39 años, una condición que se acentuó drásticamente durante su presidencia, llevándolo a utilizar una "corneta" para amplificar los sonidos. Lejos de ser un impedimento para su actividad pública, Sarmiento la integró a su personalidad. Se cuenta que, ante la preocupación de los parlamentarios por su dificultad para escucharlos, él respondió: "No se preocupen porque no vengo a escucharlos, sino a que me escuchen a mí". Esta anécdota refleja su carácter imponente y su determinación de ser escuchado, a pesar de sus limitaciones físicas. La sordera, en lugar de aislarlo, pareció reforzar su ya marcada autoafirmación.
¿Por qué se celebra el Día del Estudiante en Argentina en septiembre?
El Día del Estudiante en Argentina se celebra el 21 de septiembre en homenaje a Domingo Faustino Sarmiento. Aunque Sarmiento falleció el 11 de septiembre de 1888 en Asunción, Paraguay, su cuerpo fue trasladado a Buenos Aires y llegó el 21 de septiembre. Esta fecha fue elegida para conmemorar su inmenso legado como "Padre del aula" y su incansable labor en la creación y expansión de la educación pública en Argentina, reconociéndolo como la figura central en la construcción del sistema educativo del país.
Conclusión
La figura de Domingo Faustino Sarmiento se alza en el panteón de los próceres argentinos como un coloso, un hombre de contradicciones y pasiones que moldeó profundamente el destino de su nación. Su incansable lucha por la educación, su visión de una Argentina moderna y su convicción de que las ideas no pueden ser silenciadas, lo convierten en un referente ineludible. Desde su humilde cuna hasta el sillón presidencial, Sarmiento demostró una voluntad férrea y una capacidad de trabajo inigualable, impulsado por una "personalidad tipo A" que lo llevó a desafiar límites y a enfrentar la adversidad con una tenacidad admirable.
Su vida, marcada por batallas externas e internas, desde la fiebre tifoidea en las minas chilenas hasta la progresiva sordera y la insuficiencia cardíaca que lo acompañaron en sus últimos años, no hizo más que reforzar su temperamento indomable. Cada desafío físico o político fue una oportunidad para reafirmar su ideario y su compromiso con la Patria. Su relación con Dominguito, su hijo adoptivo, trasciende lo familiar para convertirse en una metáfora de su propio proyecto nacional: la formación de ciudadanos a través del esfuerzo, la ilustración y, si era necesario, el sacrificio por los ideales republicanos. La historia de Dominguito, su precoz intelecto y su muerte heroica, se entrelaza con la visión de Sarmiento sobre la construcción de una ciudadanía basada en el mérito y el compromiso.
A pesar de sus aristas y su carácter a menudo difícil, el legado de Sarmiento es innegable. Fue un visionario que comprendió que el futuro de Argentina radicaba en la mente de sus hijos, en las aulas que fundó y en los libros que incentivó a leer. Su vida fue un festín de la existencia, vivida con una intensidad que pocos pueden igualar, dejando un país más educado, más conectado y más consciente de su potencial. Domingo Faustino Sarmiento, el político, el escritor, el militar, pero por sobre todo, el maestro, continúa siendo una fuente inagotable de estudio y admiración, un faro que sigue iluminando el camino hacia el progreso y la libertad.
Si quieres conocer otros artículos parecidos a Sarmiento: El Prócer Multifacético y su Legado puedes visitar la categoría Cabello.
